miércoles, 20 de enero de 2016

Sua se ha ido

Sabemos exactamente lo que hay que hacer cuando tenemos un bicho enfermo. Sabemos que tenemos que ayudarle en todo lo que podamos y que en algún momento hay que saber decirle adiós. Saber, lo sabemos. Pero la verdad es que cuando toca, una no sabe dónde meterse ni qué hacer para escapar del momento.

Sua llegó a casa muy viejita y echa un cristo. Nada más encontrarla tuvimos que operarla para salvarle la vida y a pesar de todo, casi se nos muere. Siempre supimos que el tiempo que teníamos con ella era tiempo regalado, pero pasaban los días y los meses y seguía aquí, y empezamos a dejar los miedos en una esquina.

El caso es que las visitas al veterinario empezaron a hacerse más frecuentes y las caras de preocupación, cada vez más habituales. ¿Os habéis fijado lo diferente que es llevar un animal para una revisión rutinaria a llevar un animal que sabes que no está bien pero no sabes lo que tiene? En el primer caso el veterinario lo mima, hace comentarios bonitos, hasta es simpático con él y contigo. Sabes que estás en el segundo caso cuando lo pillas mirándote con esa mirada de pena, de no querer estar en tu lugar, la mirada del que sabe que te va a tocar pasar un mal trago. 

Después de tres semanas ingresada, las llamadas del veterinario eran cada vez más negras: "no come", "tiene el páncreas inflamado", "tiene convulsiones", "parece algo neurológico", " la perra no es viable". 

La perra no es viable. La verdad es que no es una mala frase para decirte que tu perra se muere y que toca enfrentarte al hecho de que tienes que decidir qué hacer con ella. En realidad me he dado cuenta de que estos momentos están llenos de eufemismos. La perra no es viable. Tenemos que dormirla. Porque simplemente te resulta insoportable pronunciar las palabras "sacrificarla" o "matarla", así que te inventas alternativas que sean más fáciles de pronunciar, que no se atasquen en la boca y la llenen de un sabor amargo.

Pensaba que iba a ser capaz de hacer las cosas con serenidad y con madurez pero no lo fui. Cuando la vi arrastrarse desde la jaulita del veterinario hasta nosotros y tratar de andar y ponerse en pie sin conseguirlo, me vine abajo. Lloré. Mientras la acariciaba. Cuando nos fuimos. Al día siguiente. Cuando volví para pagar la cuenta. Ahora, mientras lo escribo. Lloré todo el tiempo porque, aunque sabía que era viejita, aunque sabía que habíamos hecho todo lo que teníamos que hacer, la verdad es que no estaba preparada para dejarla que se fuera. No creo que lo esté nunca.

Os lo quería contar. Que la abuelita se ha ido. Que nos ha dado cuatro años estupendos. Que fue una suerte encontrarla aquel día en la carretera y que me alegro de cada minuto que hemos pasado juntas, de todos los paseos por el monte, de todas las veces que me vomitó en el coche como venganza por llevarla al vete, de las sesiones de peluquería cortando rastas y de todo lo demás. 

Si existe un cielo para perros, no tengo duda de que ella estará en la mejor suite. Gracias, mi niña, por todo lo que nos has dado.




lunes, 19 de octubre de 2015

RELATO: gatofobia

Odio a los gatos. 

Toda la vida los he odiado. Me parecen unos bichos aviesos, traidores, repulsivos. No soporto su contacto ni su presencia. No me gusta cómo se deslizan, casi sin hacer ruido, ni esa manera de mirarte fijamente como inquisidores. Mi madre decía que nadie con un pecado en el alma puede amar a los gatos. De hecho, ahora que lo pienso, tal vez mi madre sea parte de la razón de mi odio. La recuerdo, cuando éramos pequeños, con el atizador en la mano corriendo detrás de los gatos que entraban en casa para tratar de robar cualquier pedazo de comida que estuviera a su alcance. Recuerdo también la cara de asco que puso cuando conoció a mi novia y supo que Ella vivía con un gato en un pequeño apartamento de las afueras. Desde entonces en adelante no perdió ocasión de demostrarnos su horror cada vez que salía el tema del gato: 

- Qué asco, lleno de pelos por todos los sitios. No sé cómo podéis vivir así 
- Qué asco, con las patas sucias andando sobre la mesa. No sé cómo podéis vivir así 
- Qué asco, durmiendo en vuestra cama todo el día. No sé cómo podéis vivir así 
- Qué asco. ¿Por qué no lo lleváis a una perrera? 
- ¿Por qué no te llevamos a ti a una residencia? 

Esa fue la última vez que mi madre preguntó cómo podemos vivir así. Cerró la boca de golpe y no ha vuelto a abrirla hasta hoy. Fue mano de santo. Pero la realidad es que los gatos me siguen sin gustar. Los soporto porque Ella los ama y ellos van en el lote. Es lo que hay. 

Hoy he amanecido con una lumbalgia horrible. El médico que ha venido a casa me ha metido un anestésico para elefantes y me ha dicho que no me mueva de la cama en todo el día. No hace falta que me lo diga: en realidad no puedo mover un dedo sin sentir un dolor espantoso. He tenido las fuerzas justas para arrastrarme hasta el sofá, envolverme en la manta eléctrica y pedirle a Ella que me dejara un kit de supervivencia encima de la mesa, al alcance de la mano: una botella de agua, chocolate, el mando de la playstation, el móvil, un paquete de antiinflamatorios y un besito en la punta de la nariz que ha acompañado con una sonrisa apresurada:

 - Con esto creo que sobrevivirás. Llámame si necesitas algo. Te quiero. Adiós. 

El adiós me lo ha dicho ya desde la puerta. La muy ingrata. Me muero aquí y no se entera nadie. Menos mal que ya estaba medio drogado y me he quedado dormido casi al momento de verla salir. 

Me despierto sudando como un pollo y con la boca seca. Con una presión y un calor en el pecho que no puedo describir y que apenas me deja respirar. Lo sabía: estoy malísimo y voy a morirme aquí solo, como un perro. Pero no va de perros. Va de gatos. Bajo la cabeza y ahí está, estirado sobre mí como una comadreja, con la cola entre mis piernas y el hocico a la altura de la tráquea, a pocos centímetros de mi cara. Tiene los ojos cerrados y sonríe como una hiena. Estoy tan sorprendido que se me olvida respirar, y al volver a tomar aire, me pega un pinchazo en la espalda que me hace ver las estrellas. He debido hacer algún ruido porque el bicho ha abierto un ojo y me mira con cara de gánster. Joder. Seguro que ahora da un salto y me arranca la yugular de un mordisco, o me saca un ojo con esa zarpa llena de uñas, o se tumba sobre mi cara y me termina de ahogar. Estoy perdido. 

Pero no hace nada de eso. Sólo abre la boca en un bostezo enorme y me deja ver todos sus dientes pequeños y afilados a la vez que me atiza en plena cara con un aliento pestilente a croquetas de pescado. Qué asco. Serán las más caras del mercado pero huelen a muerto. Yo por si acaso, no me muevo. A ver si le pongo mala cara y se ofende. 

Me pone una pata bajo la barbilla. Con los ojos entrecerrados, alza el hocico y se estira encima de mí, sin prisas. Noto las diez uñas de atrás clavándose en mi tripa y desclavándose de nuevo. Seguro que sabe que no puedo moverme. Seguro que sabe que tiene todo el tiempo para liquidarme. Lo veo en su mueca de sádico satisfecho mientras se pone de pie sobre mí. 

Acerca el morro a mi kit de supervivencia y empieza a olerlo todo mientras yo continúo inmóvil y le observo por el rabillo del ojo. Venga, salta, vete ya puto gato asqueroso, quítate de encima. Entonces veo que se para en el chocolate y recuerdo que Ella me ha dicho alguna vez que el chocolate es veneno para los gatos, que puede morirse apenas comiendo unas onzas. Ay, no, no, no, quita, fus, fus, fus, aparta. A ver cómo le explico yo a tu dueña que has estirado la pata el único día que te deja a solas conmigo, pedazo de carne inútil, fus, fus, fus. 

Levanto la mano como puedo y trato de apartarlo del chocolate sin tocarlo demasiado. Me muero de dolor pero lo consigo: el bicho se gira y vuelve a centrar su atención en mí. Me mira con dos enormes ojos verdes en los que apenas se entrevé una línea negra y acerca el hocico a mi nariz. Eso sí que no. Qué asco. Aprovecho que tengo la mano medio alzada y me atrevo a tocarle el morro. Me doy cuenta de que es la primera vez en mi vida que le toco la nariz a un gato. Está húmeda y fría, parece de goma. Deslizo el dedo sobre sus labios, delineo un bigote y, de repente, se gira y se tumba buscando el máximo contacto de mi mano contra su cara. 

Le he visto hacer ese mismo gesto con Ella un millón de veces. Quiere mimos. Se me escapa una sonrisa estúpida que, afortunadamente nadie puede ver y le acaricio detrás de las orejas y en el cuello mientras él se revuelca sobre mí en el colmo del éxtasis. No me puedo creer lo que estoy haciendo. Y encima me gusta. Estoy disfrutando tanto como él. Cuando termina de retorcerse de placer, sube unos centímetros, se tumba de golpe y mete el morro en el hueco de mi cuello. Está claro que me ha perdido todo el respeto. Ronronea contra mi oreja como si fuera una motosierra de cuatro tiempos. Y yo con esta sonrisa de imbécil. Me giro contra él y le digo bajito: 

- Va. Te dejo. Pero de tío a tío. Entre tú y yo. ¿Eh? Como le cuentes esto a alguien, eres bicho muerto…





miércoles, 26 de agosto de 2015

Gato paracaidista

Me ha costado un mes poder sentarme a escribir sobre este tema y ser capaz de hacerlo dándole un punto de “aquí-no-pasa-nada”. Porque en realidad no ha pasado nada, pero podía haber sido una tragedia. El caso es que la última semana de julio Casper voló tres pisos por la ventana hasta caer en un patio interior, y se  hizo una fisura en el paladar.

Se cayó por la única ventana de la casa que no tiene protección anti-resbalones y que además estaba abierta y sin vigilancia. Se cayó justo el día que había llovido y que el alfeizar estaba húmedo y resbaladizo como una pista de hielo. En fin, que se juntaron un cúmulo de casualidades, y que el pobre Casper se vio de repente tres pisos más abajo y con un porrazo que debía doler mucho y bien.

Como casi se cayó delante de mí, pudimos bajar rápidamente, meterlo en el trasportín y llevarlo al veterinario al momento. Como siempre, Roberto estuvo a la altura y demostró que habrá pocos profesionales de los gatos mejor que él y su equipo. Cuidó y mimó a mi peludo muerto de miedo, y nos dio todas las explicaciones del mundo a los dueños que estábamos todavía más asustados que el gato. Y hablando de gente maravillosa, mi maravillosa vecina de arriba, que oyó los maullidos, bajó a toda velocidad para ayudarme. Y hasta tuvo tiempo de contarme que uno de los suyos se había caído también hace unos meses y que no se había hecho nada. Debe ser que se ha puesto de moda entre los gatos del bloque hacer concursos de salto base al patio y yo no me había enterado…

El caso es que no ha sido nada. Una fisura, dos semanas de antibióticos, diez días de antiinflamatorios, un mes sin comer latitas y, ayer por la tarde, el alta definitiva y todos a casa. Pero casualmente (o no tanto) en la sala de atrás, ayer había un gato que se había caído de un quinto piso. Y cuando preguntamos cómo estaba, la cosa no pintaba nada bien… pero ¿¿¿cuántos gatos saltan por la ventana???


Parece que un mes sin latitas ha sido suficiente para convencer a Casper de que no se acerque a las ventanas. Pero de todas formas hemos reforzado todas las medidas para que no pueda volver a pasar. Y el susto…ese no nos lo quita nadie...¡aunque parece que él lo lleva mucho mejor que nosotros!


lunes, 20 de julio de 2015

Cacher está harto

No. No tenemos un gato nuevo que se llama Cacher. En casa seguimos siendo los mismos de siempre, solo que ahora el Gato Sin Pelos ha empezado a hablar. Más o menos. A pesar de que le hemos enchufado tres idiomas desde que nació (castellano, inglés y euskera) ,él ha decidido que prefiere su propio idioma y está desarrollando un sistema de comunicación aparte que ninguno de los de casa somos capaces de entender.

- Ea apatúa oé

- Claro, cariño

- Oito guauguau

- Vale, cariño

Le seguimos la corriente y confiamos en que en algún momento acabe decantando al menos por uno de los tres idiomas conocidos y podamos comunicarnos con él como es debido. Pero mientras tanto nos vamos adaptando. 

Por ejemplo, hemos descubierto que Ikatz y Casper ya no son Ikatz y Casper. Que va. Ahora son Cach y Cach-er. Así como suena. De repente estamos todos por casa y se oye una voz aflautada:

- Hola Cacher (hola es una de las pocas palabras que podemos identificar como castellano)

Lo dice mirando al gato con una sonrisa y una dulzura, que si yo fuera gato y alguien me hablara así, me pondría de punta hasta los pelos del bigote. Lo dice alargando mucho la "o" de "hola" y la "a" de "cacher". Es escalofriante.

Ikatz y Casper lo miran desde su posición con suspicacia. No arañan. No bufan. No se mueven. No sé si es por precaución o por el puro pánico que les atenaza y no les deja reaccionar. Cuando estoy cerca, dejan que el Gato sin Pelos les acaricie con sus manitas pegajosas, que ponga su cara a medio palmo de su hocicos y repita la frase maldita con una sonrisa de oreja a oreja y voz melosa:

-Hooola Caaacher...

Me miran con cara de resignación, y en sus miradas de gato noto un reproche:

- Quién demonios te mandaría traer a casa a este cachorro...

Pero yo sé que le quieren. Le huyen. Le temen. Pero en el fondo, le quieren. Cuando está dormido y creen que no les veo, se meten en su cuna con él, se hacen una bola a sus pies y ronronean a su lado. Ellos sí que le entienden: el Gato Sin Pelos y ellos dos hablan, en el fondo, el mismo idioma.





miércoles, 1 de julio de 2015

RELATO: "Besos de Gato"

Cuando todavía  estaba viva me encantaban los gatos.

Así que era natural que volviera en la forma de uno de ellos. Una hermosa gata atigrada de enormes ojos dorados. Esperé escondida entre las sombras a que él saliera, como todas las noches, con una taza caliente entre las manos a sentarse en las escaleras. Tenía círculos oscuros bajo los ojos, parecía demacrado y le rodeaba un halo de tristeza infinita. 

Me miró como si no le sorprendiera verme. No me acarició. Sólo se quedó allí, mirándome, y musitó:

- Qué bonita. A ella le hubieras encantado

Entré directa hasta el salón y escuché cómo se cerraba la puerta detrás de él. Conocía perfectamente la casa. Los dos la habíamos comprado un par de años antes, era nuestra primera casa. La casa en la que íbamos a vivir, en la que íbamos a criar una familia, en la que yo escribiría mi primera novela. Pero nada de eso iba a suceder ya. 

Subió al piso de arriba y escuché los ruidos que hacía mientras se preparaba para meterse en la cama: los zapatos contra la madera del suelo, las puertas abriéndose y cerrándose, el agua corriendo en el baño mientras se lavaba los dientes. A mi alrededor, en la penumbra del salón, podía distinguir los objetos que habíamos ido acumulando durante nuestra vida juntos. Desde la pared me miraba la máscara dorada y blanca comprada en Venecia el verano anterior, sobre la chimenea descansaban las lanzas con plumas de colores de Cuzco. El marco de madera con símbolos celtas que habíamos comprado en una tiendita de un pueblo marinero gallego tapaba la mancha de humedad sobre el sofá. El marco electrónico sobre la mesita estaba congelado en una foto de los dos juntos, rodeados de nieve, con los gorros calados hasta las orejas, las mejillas rojas de frío y dos sonrisas eternas que ya no volverían a juntarse más.

Esperé mucho tiempo hasta que dejé de oír ruidos en el piso de arriba. Después subí. En el quicio de la puerta distinguí su cuerpo agitándose entre las sábanas, y recordé que cuando estábamos juntos, él no podía dormirse si yo no le abrazaba. Incluso cuando estábamos enfadados, al irnos a la cama yo le abrazaba. Y sólo entonces él se dormía. 

Subí de un salto a la cama y me acerqué sigilosamente a su lado. Su sueño era inquieto. Gemía y susurraba. Su cabeza se giraba de un lado a otro como tratando de escapar de algo. Le brillaba la piel. En la oscuridad se recortaban sus labios cálidos, suaves y duros. La necesidad de besar esos labios me  arrolló con una furia que me dejó sin aliento y olvidé que no era nunca más una mujer.

Me acerqué a su cuerpo desnudo y aspiré su aroma en el hueco del cuello. Con la punta de los dedos fui delineando su hombro, el brazo, la piel tierna detrás del codo, la mano de dedos grandes que tantas veces había sujetado mi propia mano. Su vientre bajaba y subía al ritmo de la respiración agitada y una línea de pelitos negros se perdía en el blanco níveo de la sábana que rodeaba su cintura. Deslicé mis labios siguiendo el camino, tan amado, con miedo de despertarle, pero con una urgencia que era mucho más poderosa que yo. 
Alcé los ojos hacia su cara y sentí que poco a poco su respiración se calmaba, que su vientre subía y bajaba de forma regular. Vi las arrugas de su frente desaparecer y supe que todavía  conservaba  el poder de calmarlo, de llevar sus sueños a un mar tranquilo, el poder de protegerlo de sus pesadillas.  

Toqué con mi boca sus pestañas, me bebí su aliento y, finalmente, me atreví a poner los labios sobre los suyos en un beso liviano. Un beso de gato. Después me tumbé pegada a su costado, como había hecho durante tantos años y me quedé el resto de la noche velando su sueño.

La mañana nos sorprendió en la misma postura. Al abrir los ojos me encontré con los suyos, de un verde brillante, que me miraban desde un poco más arriba.

- ¿Has dormido aquí? –preguntó en un susurro

Levanté la cabeza y le respondí con un maullido corto y ronco. 

- ¿Sabes? –continuó en el mismo tono- es la primera noche que duermo desde que ella no está. 

Me acarició la cabeza suavemente, con la mirada triste y una media sonrisa en la boca. Sin verme. Me froté contra su mano, le di un mordisquito entre los dedos, me estiré desde los bigotes hasta la cola y salté de la cama. Empezaba un nuevo día y una nueva vida para nosotros dos.



domingo, 28 de septiembre de 2014

En boca cerrada...

El viernes por la noche me fui a cenar con unas amigas. Volví tarde y entré en casa como un ladrón, calladita y de puntillas, con los zapatos en la mano y tratando de hacer el menor ruido posible, mientras Casper me miraba desde el piano con cara de reprobación "pero ¿qué horas son estas?" e Ikatz abría un ojo desde el rascador del salón y me miraba con absoluto desprecio "le parecerá a la tía esta que está siendo silenciosa...seguro que viene borracha". 

Y no, borracha no venía, pero contenta, sí. Para qué vamos a mentir. Con esa sonrisa tonta que se te queda en la cara cuando vienes de una cena de chicas en la que te has hartado de cotillear y de reírte. Y donde te has metido dos cervezas, un crianza y dos gintonics del tirón. Ya me entendéis.

El caso es que al abrir el correo mientras me tomaba la última (de leche) en la cocina, la sonrisa tonta se me borró del todo. Y me acordé de una de mis frases estrella: " más vale cerrar la boca y parecer tonta, que abrirla y despejar todas las dudas". 

Te tenías que haber callado - pensé. Tenías que haber cerrado la bocaza y haberlo dejado correr. Pero ya era tarde para eso y en unas pocas horas mi blog se había llenado de comentarios que cada vez me hacían sentir peor y más culpable. 

Levanté la mirada y ví al Bicho Malévolo sentado sobre la vitro, con las piernas cruzadas y una sonrisa cabrona en la boca. Parpadeé. Joder, a lo mejor sí que me había pasado con los gin-tocnics...

- Enhorabuena, victimilla - me dijo - ya has conseguido darle pena a todo el mundo. Hasta has conseguido hacer llorar a una persona. Y sólo con un post. Como sigas así me vas a quitar el puesto de Bicho Malévolo, campeona...

- No quería eso. Lo que quería decir es que me sentí mal, que me sentí sola, que me hubiera gustado tener un poco de comprensión, de apoyo, de...

- Pues si es tan duro, olvídate de esos asquerosos gatos. Estás en esto porque te da la gana. Nadie te obliga. Si es tan duro, pasa de los gatos y arreglado.

- Eres imbécil. No quiero pasar de los gatos.

- Pues entonces cállate. ¿por qué vas a ser tú más importante que Irene, que Eguzki, que Naar, que Ángeles o que todas esas que andan cargando con gatos abandonados por medio país? ¿Te crees que ellas tienen más apoyo que tú? Agarra a tus gatos piojosos y vete a dar pena a otra parte, hombre ya.

Cerré el correo y me levanté. Dejé la taza en la pila y me acerqué a la puerta. ¿Qué le podía decir al cabrón de Bicho? En realidad tenía más razón que un santo. En realidad todas estábamos igual de solas en esto. Tengo que escribir esto - pensé - no sé si para reafirmarme o para pedir perdón o para qué. Pero algo tengo que escribir.

Antes de salir me agarré al marco de la puerta para recuperar el equilibrio y miré hacia atrás. Bicho seguía en la misma posición y pasaba la lengua por las gotitas de leche que habían caído sobre la vitro. 

- Apaga la luz cuando te vayas a la cama - le dije - y no seas cerdo y usa un vaso si quieres leche. Pero sobre todo, quita los pies de la vitro. Como te vuelva a ver con los pies en la vitro, te suelto un sopapo que te vuelvo gato. Puede que a veces tengas razón, pero no te olvides que aquí todavía la que manda soy yo. 

Y qué bien me quedé :-)





viernes, 26 de septiembre de 2014

No te podemos ayudar

Escribe, mujer. ¿Por qué ya no escribes? Me paso por el blog y ya no escribes nada, ¿es que no vas a escribir más?

La verdad que me cuesta un horror venir aquí y ponerme a escribir. Desde mayo tengo la impresión de que estoy sentada aquí sola escribiendo para mí misma y hablándole al vacío. Y no me apetece nada. Y además tengo como un come-come, como un poquito de resquemor, como un no se qué, como un Bicho Malvado que se agazapa dentro de mí y me avinagra las ganas de compartir. Y dejo que pasen los meses para ver si el Bicho se muere y me vuelvo a sentir como antes, pero no. No se muere. Sigue ahí. El muy cabrón.

Y de vez en cuando, aunque lleve días callado, se activa. Cuando recibo un mail, por ejemplo, un mail de alguna asociación de bichos para pedir: que haga click en alguna parte, que participe en una subasta, que vea un video o directamente que de dinero. Mi Bicho Malvado se activa y se descojona de mí. Desde mayo mi bicho malvado no para de descojonarse de mí. Es lo que hay.




El caso es que en mayo me quedé sola. Más sola que la una. Tenía entre manos un gato con la cadera destrozada, de mi colonia de 12 gatos, encerrado en mi camarote porque mis otros dos gatos "de casa" no podían vivir con él y además tengo un bebé y no me atrevía a cerrarlo en una casa tan pequeña con un gato desconocido e impredecible.Y mi gato con la cadera destrozada se estaba estresando y empezó a perder el pelo. Y me agobié. Un poquito. Es lo que tiene ser humana. Y pedí ayuda. Oye, ¿me ayudáis? demasiados gatos, demasiadas facturas, demasiado poco sitio, demasiado peligro si lo suelto de nuevo, ¿me ayudáis?.

Y no. Nadie me ayudó. Excepto LUCIA (dios te bendiga, el curro y la preocupación que te pegaste y toda la ayuda que me diste) no hubo ni una sola de mis asociaciones protectoras amigas que moviera un dedo en ningún sentido para ayudarme. 

"Estamos desbordados de gatos". ¿Estáis desbordadas de gatos?. Yo también. ¿No podéis ayudarme? Aunque sólo sea por karma, por toda la ayuda que os he prestado yo, feliz y desinteresadamente durante tantos años. Pues no. Están desbordados de gatos. O directamente hubo quienes ni me contestaron. Eso sí que me jodió. Eso me jodió un montón.

Pero no tenía tiempo de joderme. Así que agarré a mi gato herido y me gasté muchoscientos euros para salvarle la vida, y volví a llevármelo a mi colonia de gatos por mucho miedo que me diera, porque no tenía ningún sitio mejor que ese (ni mejor ni peor, no tenía ni un puto sitio más), rezando para que no le pillara un coche otra vez, para que tuviera una maldita oportunidad. 

Y luego nos mudamos de casa y me olvidé del blog. 

Y hace unas semanas me senté tranquilamente en mi colonia de gatos y les hice unas fotos, con Lucky en medio, recuperado y feliz. Dándoles unas palizas de escándalo a los gatos callejeros que vienen a la colonia a robar comida. Para que luego digan de los gatos castrados. Y con los  dos negros pequeñitos, los dos grises pequeñitos (el puñetero gatito gris, que no quería comer y casi se muere delante de nuestras narices), el marrón chiquitín, que nos recuerda a Casper y se nos cae la baba con él, el gatazo blanco, que va a ser el jefe de todos, nuestra Malauva, capaz de sacar adelante camadas de seis gatos aunque se la estén comiendo las pulgas y los parásitos. La tía. Y ese chiquitín a rayas, tan gracioso. Y el gatazo negro enorme que no nos ponemos de acuerdo si es de la Tricolor o de la Malaúva. O vete tú a saber si no es de ninguna de las dos y se ha quedado a vivir con nosotros porque sí. Porque él lo vale. 



Y además están Coco y Súa. Y por supuesto Ikatz. Y Casper. Y quién sabe cuántos más que irán viniendo con el tiempo. Y ahí sentada, con mis felinos alrededor le puse la mano en la boca al Bicho Malvado y le miré con desprecio. No seas cabrón. Ellas tienen muchos gatos, no pueden ayudar a todo el que pide ayuda. Tienes que entenderlo. Y el Bicho Malvado me miró y se calló. Yo creo que lo entendió y hasta le dió un poco de vergüenza haber sido tan malo. Y me sentí bien conmigo misma.

Así que cuando la madre de mi amiga Eguzki me preguntó si ya no iba a escribir más, sólo se me escapó una sonrisa a medias y no supe qué contestar. Porque ya no soy la que era hace unos meses. Porque aunque el Bicho Malvado se ha ido, ha dejado una estela. Y entiendo (lo juro) que mis protectoras amigas tienen demasiados gatos y no pueden ayudarme. 

Pero me pregunto qué pasará cuando a uno de mis bichos le pase algo que me supere, algo que no pueda pagar, algo que no pueda resolver.

Así que a partir de ahora todos mis clicks, todas mis donaciones, todas mis iniciativas se han terminado. Porque yo también tengo muchos gatos.

 Y ellos sólo me tienen a mí. 

viernes, 9 de mayo de 2014

Os presento a Lucky

Pues así están las cosas hoy. El veterinario le ha dado de alta a Lucky aunque todavía necesitará unos cuantos días de descanso para que la cadera suelde y durante estos días tendremos que asegurarnos de que no se lanza de ninguna mesa al suelo ni se anima a hacer paracaidismo o parapente o similar :-)

Lo hemos puesto oficialmente en adopción, así que os pido que difundáis entre vuestros conocidos para ver si alguien está interesado en conocerle. Está castrado y desparasitado, y me gustaría entregarlo con contrato de adopción para estar segura de que la persona que se lo lleva, lo cuida bien. Tiene unos 9 meses más o menos, come como una lima y es así de cariñosote:




Si me echáis una mano, os lo agradezco. Recordad que buscamos una casa exterior o un piso...pero que no haya carreteras cerca!

domingo, 20 de abril de 2014

Gato luchador

No sabía cómo titular esta entrada, pero creo que Gato Luchador es un título perfecto. Lucky ha estado 4 días ingresado en la clínica veterinaria. Además del desgarro en el muslo derecho, que era lo más visible, tiene la cadera izquierda rota por dos sitios. Una avería de tres pares. El veterinario ha estado controlando estos días si el conducto rectal de Lucky se mantenía libre (y no estaba presionado por los huesos movidos) pero parece que ahí sí que estamos teniendo suerte de momento y va todo como tiene que ir. 

Estas son un par de fotos que le sacamos en el veterinario.




Hoy nos lo hemos llevado a casa. No podemos tenerlo en el piso porque están Ikatz y Casper y tampoco podemos llevarlo de vuelta a la colonia del caserío tan pronto, así que hemos improvisado un hospital de campaña para gatos en el trastero. Con las camitas de Ikatz y Casper, con latitas de comida y agua y con una cajita de arena donde podamos controlar si come, cuánto come, si hace cacas y qué pinta tienen. 




De momento se va a quedar aquí. Tenemos que darle antibióticos y antiinflamatorios dos veces al día y cada dos días tenemos que llevarle de vuelta al veterinario para controlarle los puntos, para mirar cómo suelda la cadera y para asegurar que las cacas salen (y salen bien). 

Al menos durante 4 semanas no quiero moverlo de casa. Es el tiempo mínimo que va a necesitar para soldar la cadera y no quiero que ande arriba y abajo alterándose. También me he puesto en contacto con Esperanza Felina para pedirles ayuda. Como me temía, están desbordadas de gatos, pero harán lo que puedan por Luky y por mí.

La verdad es que no se puede ser más majo. Hasta el veterinario estaba sorprendido de que fuera un gato callejero: se está dejando hacer las curas y no para de ronronear y de venir a frotarse con nosotros cada vez que subimos a verlo. Me da esperanza verlo tan confiado. Esto tiene que salir bien!

miércoles, 16 de abril de 2014

A un pelo de la tragedia

Hoy parecía que iba a ser un buen día. 

Mañana en el trabajito y después al caserío, a comer con la familia, a disfrutar del sol, a soñar con el principio de las vacaciones y con un puñado de días largos, suaves y tranquilos, de esos en los que no pasa nada, de esos en los que no tienes prisa, de esos que te reconcilian con la vida

Pero no. No está siendo un buen día en absoluto.

Todo ha empezado con unos maullidos desgarradores en la puerta de casa. Andábamos todos por allí, los niños jugando en la piscina, los mayores sentados al sol y de repente esos maullidos nos han revolucionado a todos. 

¿Os acordáis de él? Os lo presenté hace unos días, en el post "Eramos pocos".



Cuando me he acercado a él, lo primero que he pensado es que tenía las tripas fuera. Que le había atropellado un coche y el pobre se había arrastrado hasta casa, reventado, para morir. Una imagen como esa es la pesadilla de los amantes de los gatos. Tenía el pulso a mil cuando me he acercado a él. Me ardía la garganta. Sólo podía pensar que no iba a ser capaz de ayudarle y que me iba a tocar quedarme allí viéndole agonizar con las tripas al aire. Demasiado cobarde para ayudarle a morir, una inútil para ayudarle a vivir. 

Me ha costado darme cuenta que la masa rosa que veía no eran tripas, era un muslo descarnado, lleno de sangre, con la piel abierta. Le he acercado la mano sin saber muy bien qué hacer pero segura de que me la iba a arrancar de un zarpazo a sabiendas de que un animal herido no es amigo de nadie. 

Pero no. Ha acercado la cabeza a mi mano buscando consuelo y entonces ha pasado algo, no sé muy bien qué ha pasado, pero me he venido arriba. Sin quitarle la mano de encima al gato he empezado a dar órdenes a todo el mundo. Tú, trae el coche. Tú, tráeme una caja para meterlo dentro. Tú, acércame el teléfono para llamar al vete. En minutos ya estaba en el coche, con el gato dentro de una caja a mi lado y con el veterinario esperándome después de un trayecto de más de media hora.

Mi veterinario ya está curado de espanto conmigo. Cuando me ha visto entrar con la caja por la puerta me ha hecho pasar a toda velocidad dentro. 

- No sé qué edad tiene, ni qué le ha pasado, ni si es macho o hembra. No sé nada de él. Sólo que está herido. Mira a ver qué puedes hacer con él.
- ¿Es bueno?
- Es un cacho de pan.

Encima de la mesa del veterinario las cosas se ven más fáciles. Ya me ha pasado antes. Cuando llegas ahí, de repente alguien toma el mando de la situación y ya no tienes que fingir que sabes lo que haces. Ya no tienes que pensar cómo ayudar a un animal herido cuando no tienes ni idea de qué hacer. Cuando el bicho se tumba sobre la mesa del veterinario siempre siento una mezcla de ganas de llorar de agobio y de alivio y de nervios. Todo junto. Me tiemblan las piernas y las manos y tengo que controlarme para que no se me caigan las lágrimas como a una cría. Ya me conozco el percal, así que no me ha pillado de sorpresa.

Pero ha sido un alivio. Roberto, como siempre, ha estado a la altura. A la del gato y a la mía. Parece que no tiene nada roto. Parece que le ha golpeado un coche. Creo que podemos coser la piel sobre la herida una vez que la hayamos limpiado. ¿Sabías que los gatos tienen la piel muy flexible?

He negado con la cabeza, como una niña. No lo sabía. Ni maldita la falta que me hacía saberlo. Ver la carne del muslo al aire y el pellejo arrancado ha sido más que suficiente como lección del día. Le hemos anestesiado  mientras el pobre allí tumbado se dejaba hacer. Ni un bufido, ni un  amago de mordisco. Nada. Me olfateaba y se pegaba contra mi mano como si nos conociéramos de toda la vida. Ha entrado a operar sin decir ni medio miau.

La enfermera ha asomado la cabeza por la puerta:
- ¿Tiene nombre?
Me he quedado desconcertada. 
- ¿Nombre?...no...
- Pues tenemos que buscarle uno.
Mi media naranja le llama Lucky Luke. Porque siempre va con los tres cachorros de la gata tricolor, que parecen Los Dalton. No es que me parezca un nombre bonito ni feo, sinceramente nunca había pensado ponerle nombre. Los gatos del caserío son los gatos del caserío. Sin más.
- ¿Luky? Puede ser Luky...
- Pues Luky..

Y se ha ido

He vuelto a casa y me he sentado delante del ordenador. A esperar la llamada del veterinario. La semana pasada vimos a Luky paseando por el borde de la carretera, hoy le ha atropellado un coche. El imbécil que lo abandonó cerca del caserío no le enseñó a cruzar la calle. Me pregunto cuánto tiempo le durará la suerte si sigue viviendo en casa, tan cerca de la carretera. Me acuerdo de lo valiente que ha sido, de cómo frotaba su cabeza contra mi mano con esa pata destrozada que tenía que dolerle como un demonio, de cómo me miraba, lleno de confianza, y se me caen las lágrimas de rabia y de impotencia. Ese animal no se merece morir debajo de un coche. Se merece un sitio seguro donde pueda vivir tranquilo y donde le quieran como se merece. Me muero de ganas por ayudarle, pero no sé ni por dónde empezar...