miércoles, 11 de mayo de 2011

Por la vía de los hechos

Soy un gato. Y no es que le esté quitando el nombre al blog de Kira, no, es que realmente yo soy un gato.

Vivir conmigo es jodido, lo confieso. Necesito mucho espacio para mí solita y me estresa un montón tener gente a mi alrededor demasiado tiempo. Odio a la gente que grita o hace mucho ruido. No soy nada sociable. Ni lo quiero ser. Prerrogativas de hija sola.

El tema va como la seda cuando una vive sola, pero se va complicando cuando una comparte vida (y espacio) con otra persona.

El caso es que yo iba un día paseando por mi casa toda inocente y de repente ahí estaba. El horror. Un par de chanclas marrones de la talla mil tiradas en medio de la alfombra. No es que yo nunca me deje nada tirado por ahí, pero es raro. Raro, raro, raro. Y además confieso que todavía me da más en el ojo cuando las cosas que están tiradas por ahí no son mías. Pero el caso es que comparto mi vida con un tío estupendo, de esos a los que les puedes dejar que tiren las zapatillas por ahí y todavía te compensa el negocio. Así que me callé la boquita y pasé de largo como si el tema no fuera conmigo.

El segundo día que las vi estaban tiradas exactamente en el mismo sitio. Y esta vez se habían traído unas amigas: unas deportivas gigantes que retozaban alegremente  al lado de las chanclas marrones. Tragué saliva y miré de reojillo los pies de mi chico que descansaban tranquilamente dentro de un tercer par de zapatillas, ajenos los tres (mi chico y sus pies) a la tormenta que yo estaba viviendo por dentro.

Intenté poner voz de buena (sí, esa voz que ponemos las mujeres cuando pasa algo pero queremos que los hombres crean que no pasa nada…).

-          Cari, ¿por qué hay tres pares de zapatillas tuyas viendo la tele aquí con nosotros?
Y entonces hizo algo que odio. Puso esa cara de no haber roto nunca un plato y me miró horrorizado como si se hubiera saltado todas las normas sagradas de la familia.

-          Ay, lo siento! Te molesta…verdad?
Ni rastro de ironía. Y yo sintiéndome como la Cruela de Vil de los novios del mundo, como la Asesina en Serie de la Motosierra, como una bruja en toda regla, le contesté como quien no quiere la cosa:

-          No, hombre…es para que no nos tropecemos sin querer si no las vemos….
Para que no nos tropecemos. Para que no nos tropecemos. Porque claro, no se puede ser una vieja cascarrabias con apenas treinta años, joder, queda feo. Así que me quedé allí, con la boquita cerrada mirando las zapatillas con cara de asesina en serie frustrada, mientras ellas se morían de risa de mí (seguro) y me sacaban la lengua (o lo que tengan dentro las zapatillas).

El otro día mi novio apareció desencajado:

-          No sabes lo que ha hecho Ikatz!
Ay dios. Esa frase. Esa frase significa que mi preciosa Alegría tiene la tierra desparramada por toda la habitación. Esa frase significa que el Ficus se ha quedado calvo porque mi felino hiperactivo ha trepado hasta la copa arrasando todas las hojas. Esa frase me hace temblar cada vez que la oigo…

-          Se ha comido mis zapatillas!!!!
Y allí estaba él, con las zapatillas en alto a la altura de mi nariz. Las malditas chanclas marrones llenas de mordiscos, arañazos y babas. Preciosas como nunca antes habían estado. Me sentí orgullosa como una madre. Ese es mi gato. Sí. Sí. Sí.

Notaba una risa vengativa que me subía por la garganta y amenazaba con estallar como en las películas de terror. Pero en cambio puse mi cara más inocente y le dije con la vocecita más dulce que encontré.

-          Cari, entiéndelo, Ikatz no sabe…es sólo un gatito…si no hubieras dejado las zapatillas tiradas por ahí….
Me parto. Juas. Juas.


1 comentario:

  1. jejejejeje casualidades de la vida, mis chanclas marrones sufrieron el mismo destino!

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