miércoles, 25 de mayo de 2011

Pautas de presentación (o cómo emparanoiar a una novata como yo)

He heredado de mi madre la capacidad de anticipar las desgracias. Sólo que yo tengo la misma capacidad anticipando problemas y riesgos. No tengo más que llegar a un sitio para echar una mirada alrededor y ver dónde están los peligros, las amenazas y los problemas potenciales. Soy de las que se sube al coche y antes de arrancar ya bloquea las puertas. De las que me dejan un niño y en lugar de jugar con él hago un rastreo visual para detectar enchufes, ventanas, cerillas y cables donde pueda estrangularse, electrocutarse, cortarse el cuello o auto-inmolarse.

Así que para mí internet es una maldición. Me sale una mancha en la piel y rápidamente tecleo en google “mancha en la piel” y ya sé que estoy desarrollando un cáncer y que me quedan menos de tres semanas de vida. Me voy a comprar un coche, tecleo en google la marca y el modelo y rápidamente averiguo todas las averías que va a tener y la cantidad de piezas defectuosas de fábrica que se van a romper y que me van a costar una fortuna y todas las veces que han fallado los frenos en ese modelo y todas las ancianitas que han muerto atropelladas por eso.

Ser yo es una agonía.

Cuando nos planteamos adoptar un segundo gato, puse en marcha todos mis mecanismos de rastreo para identificar los peligros reales, irreales, potenciales e imaginarios a los que podría exponer a mi gato residente con la entrada de un nuevo inquilino. Enfermedades. Comportamientos anormales. La casa inundada de pises. Arañazos. Peleas. Sangre. Ay dios.

Pero encontré la solución. Pautas de comportamiento. Metes las palabras pautas-de-comportamiento-gatos en google y te aparece una marea de recomendaciones para presentar a dos gatos y que no se partan la cara (perdón, el hocico) nada más verse. Me las empollé de memoria. Hasta las imprimí. Cuando llegó Casper a casa me comían los nervios. Me moría de miedo. Ya me imaginaba al gatito encerrado en el baño durante quince días mientras Ikatz tiraba la puerta abajo a patadas y luego el pequeño le sacaba un ojo al grande y nos asesinaba a Iban y a mí mientras dormíamos (ya os conté la obsesión de mi madre con este tema de los psicópatas con bigote).

¿Y qué pasó?

Nada. Nada de nada. Cuando se vieron no se oyó un bufido más alto que otro. A las dos horas ya estaban corriendo uno detrás del otro por toda la casa. A las diez horas ya estaban comiendo juntos en el mismo cuenco. A los dos días ya se andaban babeando uno al otro (yo te chupo una pata si tú me chupas unas oreja). Y hoy, tres días después, han aparecido durmiendo juntos.

Como dos angelitos.


domingo, 22 de mayo de 2011

Crónicas de Casper (II)

Ayer llegué a mi nueva casa. ¡¡¡Y tengo un hermano mayor!!!. Me persigue por toda la casa, me agarra entre las patas y nos damos volteretas en la alfombra. A veces me da algunos bufidos, pero me deja que me coma su comida y que haga cacas en su caja y que juegue con sus juguetes. Es más fuerte que yo, pero está muy gordo, jejeje, y cuando termina de jugar conmigo se tiene que tirar en la alfombra y respira como un perro, arf, arf, arf, con la lengua fuera.

Entonces Amatxu (la chica de los besitos se llama Amatxu, me lo ha dicho ella) me coge en brazos y me lleva a otra habitación. Me mete en la camita con mi ratita blanca y mi mantita azul y me acaricia hasta que ya no tengo ganas de jugar y me entra sueño. Me quedo chupando mi ratita y amansando mientras Amatxu me dice cosas en voz bajita. Creo que luego se va y me deja solo, pero de eso nunca me acuerdo porque ya estoy dormido.

Me sacan muchas fotos, no sé por qué. Será porque, como dice Amatxu, soy un gato muy, muy pero que muy guapo. :-)

Aquí estoy comiendo para reponer fuerzas:

Y aquí estoy echando una siesta:

Aquí estoy con mi hermano mayor:


Me encanta mi casa nueva:


 Y así es como dejo a Ikatz cuando termino de jugar con él (jejeje...)



jueves, 19 de mayo de 2011

A tortas con la tecnología

Es que vivimos rodeados de aparatos raros, raros, raros, ¿verdad, Ikatz? :-)


Mouseland

Es complicado encajar un video social en un blog de gatos, pero mi amigo Ivan me lo ha puesto en bandeja. A menos de una semana para las elecciones, los ratoncitos deberíamos tener muy en cuenta quienes son los gatos que se esconden detrás de las urnas....


Mouseland recoge el discurso del político canadiense Tommy Douglas.Hablemos de gatos. Y de ratones.



martes, 17 de mayo de 2011

¿Por qué las treintañeras tienen gato?

No es que no me gusten los niños. Es que me gustan de forma intermitente. Ahora sí. Ahora no. Ahora sí. Ahora no. Ahora no. Ahora no…. Los únicos niños que me gustan son los de mi casa, y supongo que porque la sangre tira y es una trampa genética.

Una llega a los 30 (y los pasa de largo, vale) y se plantea la inevitable opción: gatos o niños. Y lo malo de tener treintaytantos es que las amigas de una andan en la misma tesitura y casi todas optan por la segunda opción. Niños.

Antes quedabas con tus amigas para veros y os ibais a cenar a un japonés, a tomar unas copas y a bailar por todos los bares de la ciudad hasta los primeros rayos de sol. Ahora quedas con tus amigas para veros y aparecen al menos dos gremblins arrugados y calvos sentados en sus sillitas que no paran de llorar y gritar (en diferentes intensidades desde el "muy alto" hasta el "insoportable"). Así que os tomáis un café churretoso en media hora y sales disparada al metro deseando huir de allí no sea que lo de los gremblins sea contagioso.

Antes quedabas con tus amigas para tomar una cerveza y hacíais un repaso a todos los políticos, a todos los tertulianos del Sálvame de turno y a todos los últimos novios de Penélope Cruz. Ahora quedas con tus amigas para tomar un té (nada de cerveza, que estamos dando teta) y el único tema de conversación es el color de las cacas del bebé en un exhaustivo repaso desde el día que nació hasta hoy.  Que cuando te vas al metro todavía te siguen dando arcadas.

Antes te llegaba un mail de tus amigas y antes de abrirlo ya te estabas frotando las manos con las fotos del calendario de los bomberos de Bilbao. Ahora te llega un mail de tus amigas y antes de abrirlo ya sabes que te ha llegado la última foto del gremblin en el baño, o del gremblin de papilla hasta las orejas o del gremblin luciendo una amplia sonrisa desdentada.


Antes contestabas a los mails de tus amigas con una cochinada subida de tono (Dejadme con ese bollo que le como hasta el cromo !!!!). Ahora contestas a los mails de tus amigas con una mentira como un piano de cola (tías, qué guapo está el crío, dan ganas de comérselo)

Vale, seamos sinceras:

Primero: las cacas de los bebés sólo les parecen monas a sus madres.

Segundo: la mayor parte de los bebés no son guapos. Algunos son manifiestamente horribles, pero seamos benévolas y digamos que la mayor parte NO son guapos.

Tercero: un niño que grita, que patalea, que llora, que tira cosas de la mesa y que no para de berrear mamámamámamámamámamá todo el rato no es mono. Y menos para enchufárselo a los demás. Y eso también vale para los restaurantes por la noche.

Así que esa es la respuesta a la pregunta. Los gatos hacen cacas en el arenero casi desde que nacen. Los gatos son preciosos siempre. Y salen divinos y graciosísimos en las fotos. Son limpios, cariñosos, bonitos y siempre saben cómo te sientes y cómo hacerte sonreír.

Por eso las de 30 tenemos gato.


lunes, 16 de mayo de 2011

Termigator

Mi madre es una mujer maravillosa, una de las mujeres más maravillosas que conozco. Es fuerte, inteligente, paciente y absolutamente entregada a su familia (a nosotros, vamos). Pero entre todas las virtudes que tiene hay una que admiro especialmente: la capacidad de anticipar las desgracias.

Mi madre tiene una habilidad sorprendente para escuchar una frase e inmediatamente procesar una batería de potenciales desgracias derivables de esa situación. Antes de que tengas tiempo a desarrollar la idea, ella ya te está bombardeando con todas las cosas malas, peores y lo que viene después que podrán pasarte (y que sin ninguna duda te pasarán).

A medida que me he ido haciendo mayor he aprendido dos cosas: La primera es coger las palabras de mi madre y ponerlas en un aparte procurando que me afecten poco o nada a la hora de tomar una decisión. La segunda cosa que he aprendido ha sido a cerrar las orejas para no escuchar el inevitable TE LO DIJE de mi madre cuando una de las desgracias que pronosticó, termina por cumplirse.

Cuando adoptamos a Ikatz, se lo conté a mi madre por teléfono. Nada más decírselo sentí el silencio de dos segundos al otro lado del auricular como una losa y supe que nada ni nadie me iba a salvar de mi querida Nostradamus. Mi madre siempre repite lo que digo y luego suelta la bomba, así que en este caso la conversación fue más o menos así:

- ¿Que tienes un gato? Tú estás loca. No sabes lo que haces. ¿Dónde lo has encontrado?
- En la calle, mamá.
- En la calle. Seguro que tiene pulgas. ¿Has mirado si está enfermo? A ver si os va a pegar algo ¿Dónde lo vas a tener?
- En casa, mamá.
- ¿Por toda la casa?
- Sí, mamá
- Por toda la casa. Estás loca. Te va a arañar el sofá con lo caro que es, y las cortinas y el parqué del suelo ¿Y las plantas? Te va a destrozar todas las plantas que tienes en casa. ¿No te acuerdas de la nuestra cuando eras pequeña? Me podó todas las plantas y las tuve que quitar. ¿Por qué no buscas a su dueño?
- Porque no tiene, mamá. Ya me ha dicho el veterinario que no me moleste, que es un gato callejero.
- Un gato callejero. Seguro que tiene dueño y nada más que se cure se te va a escapar de casa porque tú no lo sabes pero los gatos siempre vuelven a su casa. ¿No te he contado la historia de aquel gato que nos dieron los primos y que volvió solo a su casa? Los gatos siempre vuelven con sus dueños, cómo se te ocurre quedarte con un gato de la calle. ¿Y dónde duerme?
- Con nosotros, mamá, esta noche ha dormido con nosotros.
- Con vosotros. ¿Cómo se te ocurre? Si no sabes qué reacciones tiene el animal. A ver si encima os va a hacer algo. Pero no sé para qué te digo nada si al final nunca me haces caso. No me vas a hacer ni caso, ¿verdad?
- No, mamá. Ni caso.

Pero el caso es que a veces resulta complicado abstraerse de la tormenta de predicciones y para ser sincera después de aquella conversación estuve un par de horas mirando a Ikatz de refilón, como a un bulto sospechoso. A ver si aquella bolita peluda y debilucha se iba a hacer fuerte durante la noche y nos iba a rebañar el cuello a los dos mientras dormíamos…

Hace una semana volvimos a tener una conversación parecida cuando le dije a mi madre que estábamos adoptando otro gato.

- ¿Qué estáis adoptando otro gato? Tú estás loca. Pero ¿cómo vas a tener dos gatos en casa? Pero ¿tú ya sabes lo que haces?
- Que sí, mamá, que queremos otro gato para que los dos se hagan compañía.
- Que se hagan compañía. Te van a destrozar la casa, eso es lo que te van a hacer.
- Eso dijiste con Ikatz, mamá, y no ha destrozado nada.
- Que no ha destrozado nada. Porque has tenido suerte. Pero este te va a destrozar la casa, ya lo verás. Dos gatos, piénsatelo bien, dos gatos. Pero tú nunca me haces ni caso, ¿no? ¿a que no me vas a hacer ni caso?
- No, mamá. Ni caso.

Discutir con mi madre es agotador. Es mucho más fácil decirle a todo que sí y dejarlo correr hasta que se le olviden las cosas. Mi madre tiene un trauma con los gatos desde aquella que tuvimos cuando yo era pequeña, y que era una auténtica salvaje: escalaba por las cortinas, destrozó todos los sofás de cuero, arañó todos los muebles de madera, se comió todas las plantas de la casa. Y no nos asesinó a los tres mientras dormíamos porque no se le ocurrió. Que si no, seguro que lo hace. Pero a mi madre se le ve el plumero, va de dura, pero se le ve el plumero.

- ¿Qué vais a hacer con los gatos cuando os vayáis de vacaciones?
- Ya veremos, mamá, si nos vamos muchos días los dejamos en un hotel.
- En un hotel. Tú estás loca. Ya voy yo a tu casa y te los cuido.
- Vale, mamá. Pero ten cuidado. No sea que te asesinen mientras duermes…

viernes, 13 de mayo de 2011

Crónicas de Casper (I)

“Ayer tuve visita. Estaba tranquilamente jugando con mis peluches cuando oí que había gente en el piso. Así que me puse a maullar bien alto ¡¡¡ estoy aquí !!!, vamos ¡¡¡venid a hacedme mimitos!!!.

Tardaron un  poquito (¿qué estarían haciendo?) pero al final lo conseguí. Salí dando saltos y me tiré a los brazos de Montse que me dio un montón de besitos y volvió a decir otra vez lo guapo que soy. Todo el rato intentaba pasarme a los brazos de una chica nueva que yo nunca había visto antes y que me miraba con una sonrisa un poco tonta, como si nunca antes hubiera visto un gato.

Me di la vuelta en los brazos de Montse y la miré un poco de refilón. A lo mejor soy el primer gato que ve esta chica. Así que me estiré mucho y le puse mi mejor sonrisa para que vea lo guapos y lo cariñosos que somos los gatos de Esperanza Felina (ese es el nombre de mi casa, no sé si os lo había dicho antes).

Pero lo mejor de la chica era el chico que venía con ella. Buah, qué majo. Tenía unas zapatillas enormes, más grandes que yo con unos cordones estupendos para morder y jugar, así que me bajé al suelo y allí que me fui. Me dejó morderle las zapatillas y hasta me dejó arañarle las pantorrillas. ¡¡¡Y no se quejó!!!, me cayó genial el chico ese.

Montse y la chica hablaban de mí. Ellas no saben que les entiendo, pero sí, sí. Así que mientras jugaba con las zapatillas, enchufé la oreja a ver qué decían. Hablaban de la comida que más me gusta y de las cosas que hay que hacer para que no me haga daño (sí, es que a veces soy un poco brutito y no me doy cuenta del peligro, es que todavía soy pequeño…). La chica no paraba de preguntarle cosas para cuidarme bien. Definitivamente esa chica no sabía nada de gatos.

¡¡¡ Pero si para ser feliz sólo necesito muchos mimitos y muchos cordones de zapatillas!!!!

Pero lo mejor fue cuando apareció otro gatito más. ¡¡¡Era más pequeño que yo!!! Y venía con dos chicas de esas que me hacen mimos todo el rato cada vez que me ven. Me estiré un poco para que me dijeran ellas también cosas bonitas pero, qué raro, esta vez no me hacían tanto caso. Todos estaban pendientes de ese minigato nuevo. Yo también quería ver, así que me acerqué y la chica nueva me cogió en brazos para que pudiera ver mejor.

Montse había cogido al minigato en brazos, lo había envuelto en una manta y le estaban dando leche con un biberón muy, muy pequeñito (se parecía a eso con lo que me había pinchado el veterinario esa misma tarde). Pero al minigato no le estaban pinchando, tenía los ojitos cerrados y se le oía ronronear de gusto mientras bebía leche (yo le oía muy bien porque los gatos tenemos un oído buenísimo).

Como sabía que el minigato me podía oír (tenemos un oído buenísimo incluso cuando todavía somos minigatos) le dije bajito: tú tranquilo, que aquí te van a cuidar muy bien y te van a querer mucho, y cuando seas un gato grande como yo, te buscarán unos papis que te cuiden y te quieran para siempre.

El minigato me entendió y se relajó tanto que se quedó dormido en los brazos de Montse. La chica que me tenía en brazos me dio muchos besitos y me llamó cosita y cariño y se echó a reír y le dijo al chico que voy a volver loco a Ikatz ¿quién será ese Ikatz?

Al final conseguí unos mimos de mis amigas las que habían venido con el minigato. Una de ellas me acarició la boquita y me dijo algo un poco raro: “hola Casper…bueno…o como te vayas a llamar ahora”. ¿Qué habrá querido decir con eso? Me llamo Casper y me gusta mucho mi nombre porque me lo pusieron ellas. No quiero llamarme de otra forma.

Al final la chica de los besitos y el chico de las zapatillas se fueron. Me tumbé sobre mi mantita y miré hacia la puerta por la que habían salido. ¿Volverán?



Nota: la foto que ilustra este post es de la fotógrafa Ainhoa Bonifacio, una de las colaboradoras de Esperanza Felina. Si queréis ver más fotos preciosas suyas podéis hacerlo aquíY si lo que queréis es contactar con ella, podéis hacerlo en su blog.


miércoles, 11 de mayo de 2011

Gato Guapo

Como ya os comenté en “El ángel de los gatos”, estamos en pleno proceso de adopción de un nuevo felino en la familia. Hemos contactado con unas tres o cuatro protectoras por internet y a través de las páginas hemos seleccionado algunos candidatos que pensamos que pueden encajar bien con nosotros tres.

Algunas protectoras además nos han recomendado otros gatos en los que no nos habíamos fijado pero que, por carácter, pueden ser elegibles para nuestra casa. Así que nos hemos liado el gato a la cabeza y nos hemos lanzado a organizar las visitas con las casa de acogida de nuestros potenciales mininos.

El primer (y único gato hasta la fecha) que hemos visto ha sido uno de esos que la protectora nos sugirió pero que nosotros no habíamos elegido. Y tengo la sospecha de que si el gato hubiera tenido que elegirnos a nosotros por internet, tampoco lo hubiera hecho. No sé. No hubo feeling. De los doce gatos que andaban por allí era el único que no vino a buscar mimos, que no se dejó tocar y que nos miraba desde las esquinas con cara de estos-qué-hacen-aquí.

Cuando volvíamos dando un paseo para casa después de la visita, yo tenía algo turbio y feo dándome vueltas alrededor, como una nube de humo negro y apestoso. Al principio no sabía por qué, pero me sentía rara.

-          El gato no te gusta porque no es guapo.

¿No me gusta porque no es guapo? ¿Soy una de esas estúpidas superficiales  que elige un ser vivo como compañero de vida sólo por su aspecto físico? El caso es que el gato no era guapo. Además de no ser demasiado simpático tampoco tenía una expresión muy agradable. Me miraba con desconfianza. Pero claro, a saber lo que habrá pasado el pobre animal para acabar mirando así a los humanos. A saber las perrerías que le han podido hacer.

A saber cómo miraría yo a un par de snobs que vienen a verme a ver si les parezco lo bastante mona para llevarme con ellos a casa.

Joder.

Cuando llegué a casa y cogí a Ikatz en brazos lo miré como si nunca lo hubiera mirado antes. ¿es guapo ¿ ¿lo querría menos si fuera menos guapo?. Cuando encontré a Ikatz no tuve oportunidad de elegirlo. En realidad creo que fue él quien decidió que nosotros éramos lo bastante guapos para él. Nosotros no decidimos nada. Y la verdad es que a mí me parece el gato más guapo del mundo. 

Y pensándolo bien, no he elegido nunca a ninguno de los animales que han compartido su vida conmigo. Siempre han sido ellos los que me han elegido a mí. Y todos han sido maravillosos.


Cogí el portátil y le escribí un mail a mi contacto de la protectora. No vamos a ver montones de gatos para ver cuál de ellos es más guapo. Tenemos dos citas comprometidas: con un gato y con una gata. Nos quedaremos con el que se lleve mejor con Ikatz.

Y espero que él o ella crea que somos lo bastante guapos para ser sus nuevos compañeros de vida.


Por la vía de los hechos

Soy un gato. Y no es que le esté quitando el nombre al blog de Kira, no, es que realmente yo soy un gato.

Vivir conmigo es jodido, lo confieso. Necesito mucho espacio para mí solita y me estresa un montón tener gente a mi alrededor demasiado tiempo. Odio a la gente que grita o hace mucho ruido. No soy nada sociable. Ni lo quiero ser. Prerrogativas de hija sola.

El tema va como la seda cuando una vive sola, pero se va complicando cuando una comparte vida (y espacio) con otra persona.

El caso es que yo iba un día paseando por mi casa toda inocente y de repente ahí estaba. El horror. Un par de chanclas marrones de la talla mil tiradas en medio de la alfombra. No es que yo nunca me deje nada tirado por ahí, pero es raro. Raro, raro, raro. Y además confieso que todavía me da más en el ojo cuando las cosas que están tiradas por ahí no son mías. Pero el caso es que comparto mi vida con un tío estupendo, de esos a los que les puedes dejar que tiren las zapatillas por ahí y todavía te compensa el negocio. Así que me callé la boquita y pasé de largo como si el tema no fuera conmigo.

El segundo día que las vi estaban tiradas exactamente en el mismo sitio. Y esta vez se habían traído unas amigas: unas deportivas gigantes que retozaban alegremente  al lado de las chanclas marrones. Tragué saliva y miré de reojillo los pies de mi chico que descansaban tranquilamente dentro de un tercer par de zapatillas, ajenos los tres (mi chico y sus pies) a la tormenta que yo estaba viviendo por dentro.

Intenté poner voz de buena (sí, esa voz que ponemos las mujeres cuando pasa algo pero queremos que los hombres crean que no pasa nada…).

-          Cari, ¿por qué hay tres pares de zapatillas tuyas viendo la tele aquí con nosotros?
Y entonces hizo algo que odio. Puso esa cara de no haber roto nunca un plato y me miró horrorizado como si se hubiera saltado todas las normas sagradas de la familia.

-          Ay, lo siento! Te molesta…verdad?
Ni rastro de ironía. Y yo sintiéndome como la Cruela de Vil de los novios del mundo, como la Asesina en Serie de la Motosierra, como una bruja en toda regla, le contesté como quien no quiere la cosa:

-          No, hombre…es para que no nos tropecemos sin querer si no las vemos….
Para que no nos tropecemos. Para que no nos tropecemos. Porque claro, no se puede ser una vieja cascarrabias con apenas treinta años, joder, queda feo. Así que me quedé allí, con la boquita cerrada mirando las zapatillas con cara de asesina en serie frustrada, mientras ellas se morían de risa de mí (seguro) y me sacaban la lengua (o lo que tengan dentro las zapatillas).

El otro día mi novio apareció desencajado:

-          No sabes lo que ha hecho Ikatz!
Ay dios. Esa frase. Esa frase significa que mi preciosa Alegría tiene la tierra desparramada por toda la habitación. Esa frase significa que el Ficus se ha quedado calvo porque mi felino hiperactivo ha trepado hasta la copa arrasando todas las hojas. Esa frase me hace temblar cada vez que la oigo…

-          Se ha comido mis zapatillas!!!!
Y allí estaba él, con las zapatillas en alto a la altura de mi nariz. Las malditas chanclas marrones llenas de mordiscos, arañazos y babas. Preciosas como nunca antes habían estado. Me sentí orgullosa como una madre. Ese es mi gato. Sí. Sí. Sí.

Notaba una risa vengativa que me subía por la garganta y amenazaba con estallar como en las películas de terror. Pero en cambio puse mi cara más inocente y le dije con la vocecita más dulce que encontré.

-          Cari, entiéndelo, Ikatz no sabe…es sólo un gatito…si no hubieras dejado las zapatillas tiradas por ahí….
Me parto. Juas. Juas.


martes, 10 de mayo de 2011

El Ángel de los Gatos

No es bueno que el gato esté solo.

Ya sé que la frase no es mía, pero es la verdad. No es bueno que el gato esté solo. Los dos trabajamos y la verdad es que el gato pasa solo más tiempo del que nos gustaría. Sospecho que cuando nosotros no estamos la (única) actividad de nuestro minino es dormir a pierna suelta encima del sofá. Pero a pesar de todo hemos pensado que será más feliz si hay otro gato en casa y en ello nos hemos puesto.

Ayer tuvimos nuestro primer contacto con un candidato a Nuevo Gato de la Familia. El único requisito que le hemos puesto a las protectoras con las que hemos hablado es que queremos ver al gato antes de adoptarlo. Por eso de saber si hay feeling o no lo hay. La dueña de la casa donde está acogido aceptó recibirnos y ayer por la noche nos pasamos por allí para hacer las presentaciones.

Lo primero que pensé al entrar en la casa es que si existía un paraíso de los gatos, lo habíamos encontrado. Nada más entrar nos rodearon un montón de gatos de todos los tamaños, colores, razas y edades. Una locura. La dueña, sentada entre todos ellos, los señalaba y nos iba contando la historia de cada uno de ellos: los suyos y los acogidos.
Confieso que tuve un momento de pánico cuando nos contó que todo había empezado por un gato y que una cosa había llevado a la otra hasta los doce gatos que nos rodeaban ayer. De repente me vi dentro de diez años  viviendo sola en un piso, con el pelo por la cintura y lleno de canas en plan Dian Fossey y rodeada de felinos.

Miré a mi novio como a un bulto sospechoso intentando averiguar si detrás de esa cara de inocente se estaba gestando un abandono inmediato de la novia loca de los gatos en la que seguro que sospecha que me puedo convertir. Pero no. Parecía de lo más feliz allí sentado intentando convencer a nuestro acogido de que podríamos ser los padres ideales.

Para ser sincera no creo que lo consiguiéramos. Hicimos migas con todos los gatos de la casa excepto con el que de hecho, íbamos a ver. Y cuando salimos de allí y mi novio me preguntó qué es lo que hace que una persona decida dedicar su vida a los gatos con tanta pasión no supe que contestar.

No sé qué es lo que impulsa a una mujer joven a dedicar todos sus esfuerzos, su tiempo y su dinero a salvar gatos abandonados de los que no se preocupa nadie. Lo que sí sé es que si me muero y me reencarno en un felino, espero tener la suerte de que me encuentre ese Ángel de los Gatos.

lunes, 9 de mayo de 2011

Cómo empezó todo

Todo empezó como empiezan casi todas las cosas importantes: sin avisar. Ikatz entró en nuestras vidas sin pedir permiso. Y decidió quedarse a vivir con nosotros dios sabe por qué. El caso es que aquel veintidós de noviembre él estaba escondido debajo de un seto y se puso a maullar justo cuando nosotros pasábamos a su lado. Ni un minuto antes ni un minuto después.

Nos pusimos cardiacos. Una carretera llena de coches a nuestra derecha y un señor paseando un perrazo enorme justo detrás de nosotros. Cuando me lancé hacia el seto mi novio me paró con la mano “No. Lo vas a asustar”. Durante un segundo de pánico pensé que aquello iba a terminar en tragedia. Pero no. Iban se inclinó, lo agarró sin miramientos y me lo puso encima.  

El gato se dejó coger sin la más mínima protesta, me miró con sus ojazos verdes enormes, se acurrucó en mis brazos y me adoptó.

Por supuesto yo tardé un poco más en darme cuenta de que aquel trato ya estaba cerrado.

Llamé al timbre de la casa de al lado buscando a sus posibles dueños y hasta pensé en pegar carteles por todo el barrio. Y no fue hasta el día siguiente cuando el veterinario me preguntó qué iba a hacer con él, cuando caí en la cuenta de que, sin ninguna duda, aquel gato ya era nuestro. Y que no había nada más que hablar.


La primera semana fue dura. Las heridas de las patas fueron lo más fácil. La infección respiratoria nos costó un poco más. Antibióticos y varias visitas al veterinario. Y el pobre gato como un yonqui con la mirada perdida y tirado todo el día sobre la manta del sofá.

-          Parece un carbonero

Un gato blanco carbonero. Lleno de manchas por todos los sitios. Una de ellas en medio del moflete derecho, en el sitio exacto para darle ese aire de golfo que hace que él me mire y yo le perdone todo.

Y así es como dejó de ser un gato callejero (un kalekatue) y pasó a ser nuestro Ikatz (carbón en euskera).