martes, 7 de febrero de 2012

Chucho cabrón


No será porque no estábamos avisados. Coco es de esos perros que cuando lo sacas al monte arranca a correr, te saca quinientos metros y se mantiene ahí durante todo el paseo. De vez en cuando viene, te huele y te mira con el desprecio del que tiene tracción a las cuatro patas y sabe que tú eres un Morris cutre del 62.

Pero siempre vuelve. Bueno, siempre no. Ayer no volvió.

Ayer a las siete de la tarde, mientras Sua, Iban y yo le mirábamos olfatear al aire con esa carita de no haber roto un plato que pone siempre, de repente echó a correr monte a través y desapareció. Pasamos del “ya volverá” al “joder, que no vuelve” en media hora. Bajamos al caserío para ver si había vuelto solo a casa. Nada.

Así que cogimos el coche y volvimos al punto donde le habíamos perdido. Dejamos el coche aparcado en el camino y nos separamos por el monte, con una nevada de escándalo y un frío de morirse. Volvemos al coche y nos encontramos una patrulla de la Ertzaina con dos polis de uniforme y otro coche con dos polis de paisano rodeándonos. Por lo visto algún vecino había oído nuestros gritos por el monte y había visto las luces de las linternas y no se le ocurrió mejor idea que avisar a la policía.  Le debió de parecer muy normal que dos ladrones aparcaran un pedazo de Passat en medio de un camino a tomar por saco de la carretera más cercana y se pusieran a montar escándalo a gritos antes de robar en los caseríos del entorno. Que solo nos faltó montar una cacerolada con fuegos artificiales. Por lo visto los Ertzainas debieron llegar a la misma conclusión, porque después de freírnos a preguntas (os juro que la historia del perro me sonaba rara hasta a mí cuando la estaba contando) nos dejaron marchar.


Después de una noche horrorosa muertos de preocupación pensando que le habrían pasado todas las desgracias del mundo, hoy a las siete de la mañana hemos reanudado la búsqueda. Un grado. Nevando como si se cayera el cielo a cachos.

Y nosotros allí, buscando al cabrón de chucho por todo el valle, tapados hasta las orejas y con veinte carteles con la foto del perro. Cuatro horas metida en el coche por carreteras de montaña heladas, con la ventanilla abierta por si le veía en alguna cuneta y bajándome cada dos por tres para pegar los carteles en las pocas superficies secas que veía. Y eso que me ha tocado la mejor parte: Iban se ha metido por todo el monte, atravesando el valle y buscando a pata todos los caseríos perdidos de la zona para avisarles por si aparecía Coco por allí.

Y cuatro horas después, ha aparecido.

En un caserío a menos de un kilómetro de donde desapareció. Me he acercado a la desesperada para dejarles uno de los últimos carteles que me quedaban y mi precioso setter ha salido a recibirme a la puerta con el dueño de la casa. Por lo visto ayer a la noche debió aparecer por allí y le dejaron quedarse para que no pasara frío.  

Yo estaba cardiaca, empapada, muerta de frío y con unas ganas terribles de estrangularlo. Él estaba precioso, recién comido y como recién salido de la peluquería. Lo hubiera matado. Pero en lugar de eso le he dado un abrazo de oso y un beso enorme en todos los morros (el del caserío flipaba). Y allí nos hemos quedado los dos, abrazos y temblando. Él de la emoción y yo del alivio de haberlo encontrado sano y salvo. Al chucho cabrón. 





viernes, 3 de febrero de 2012

Besos de Gato

Aquí están los relatos que empiezan a llegar al Concurso Besos de Gato. 


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