lunes, 18 de noviembre de 2013

¿Somos normales?

Me llega la inspiración leyendo el último post del blog de Gema. Nosotros, los gatoadictos, ¿somo normales? 

Que conste que yo esa pregunta a mí misma nunca me la he hecho. Pero sé de buena tinta que muchas personas alrededor mío sí que se la han hecho. Sobre mí. ¿Ya será normal esta tía?

Yo siempre digo que lo mío es un trauma de la niñez. Cuando era pequeña, bicho que veía, bicho que me quería llevar a casa. Tuve tortugas, gatos, perros y pájaros. Pero consecutivamente y nunca más de uno a la vez (bueno, las tortugas se juntaron dos, pero fueron excepción...). Una vez, cuando estaba haciendo el doctorado, mi padre me llevó en coche de Vitoria a Granada para participar en un seminario donde tenía que exponer uno de los capítulos de mi tesis. Al parar en una gasolinera a medio camino nos encontramos con un perro marrón precioso que habían abandonado en la carretera y que andaba por allí perdido, sin saber qué hacer. No hizo falta ni que abriera la boca para decir nada. Mi padre se dio cuenta nada más mirarme:
- No nos lo podemos llevar a Granada, ¿qué hacemos allí con él?. Todavía si estuviéramos de vuelta...
Y allí se quedó el pobre perro. Y yo me pasé todo el viaje de ida amargada. Y la estancia allí. Y la vuelta. Y todavía cuando me acuerdo. ¿Soy normal?

El año pasado tuve que irme a El Cairo en un viaje de trabajo. A la entrada de Jan el Jalili (un zoco plagado de gatos) me crucé con un cachorro de gatito que andaba por la acera atestada de personas, pegado al borde de la carretera. No podía tener más de 3 ó 4 meses, con el pelo sucio, solo. Me quedé mirándolo sin saber qué hacer y uno de los que venían conmigo me cogió del brazo y me dijo algo como:
- Venga. No puedes hacer nada por él. Tampoco va a durar mucho el pobrecito...
Y allí me quedé viendo cómo se alejaba entre los pies de la gente y a medio palmo de los coches que pasaban como locos a nuestro lado, pensando cómo podría hacer para meterlo en el hotel y luego en los dos aviones de vuelta para traérmelo a casa conmigo y salvarle la vida. Estuve amargada todo el resto del viaje. Y sigo estándolo cuando pienso en aquel gatito. ¿Soy normal?

Hace unos años tuve un novio al que le encantaban los bichos (de hecho nunca he salido con alguien al que no le gustaran)  y que además tenía un perro precioso. Una noche salíamos de cenar de un restaurante y nos cruzamos en el centro de Bilbao con un tipo que estaba durmiendo en un portal con un chucho hecho un ovillo a sus pies. Hacía un frío que pelaba.
- Jo, pobre perro se tiene que estar helando ahí al raso...
Mi chico me miró como si fuera marciana.
- Hay un tío tumbado en pleno suelo con un frío de la ostia ¿y a ti sólo te da pena el perro?
No es que me diera solo pena el perro. También lo sentía por el tío. Pero es que de alguna forma me pareció que el tío siempre podía llamar a alguien, o meterse en un albergue o hacer algo, mientras que el perro sólo le tenía a él, sólo podía estar allí, acompañando a su humano, sin más opciones. Entonces sí que me sentí rara. Joder, si un amante de los perros me miraba de esa forma por decir algo así, entonces sí que definitivamente lo mío no era normal... 

Y ahora que ya soy mayor y no tengo que pedir permiso a nadie para salvarle la vida a un bicho, ahora que tengo dos gatos en casa  y dos perros y un pequeño refugio de gatos en el caserío, ahora, la verdad, no me quita el sueño en absoluto saber si soy o no normal. Sólo me quita el sueño los bichos que se cruzaron conmigo y que no pude salvar. Después de todo, la gente más interesante que conozco no tiene nada de normal: son extraordinarios. Y venga, seamos sinceros: ¿quién quiere ser simplemente una persona "normal"?

Ikatz, que pasa mucho de ser un gato normal.