domingo, 20 de abril de 2014

Gato luchador

No sabía cómo titular esta entrada, pero creo que Gato Luchador es un título perfecto. Lucky ha estado 4 días ingresado en la clínica veterinaria. Además del desgarro en el muslo derecho, que era lo más visible, tiene la cadera izquierda rota por dos sitios. Una avería de tres pares. El veterinario ha estado controlando estos días si el conducto rectal de Lucky se mantenía libre (y no estaba presionado por los huesos movidos) pero parece que ahí sí que estamos teniendo suerte de momento y va todo como tiene que ir. 

Estas son un par de fotos que le sacamos en el veterinario.




Hoy nos lo hemos llevado a casa. No podemos tenerlo en el piso porque están Ikatz y Casper y tampoco podemos llevarlo de vuelta a la colonia del caserío tan pronto, así que hemos improvisado un hospital de campaña para gatos en el trastero. Con las camitas de Ikatz y Casper, con latitas de comida y agua y con una cajita de arena donde podamos controlar si come, cuánto come, si hace cacas y qué pinta tienen. 




De momento se va a quedar aquí. Tenemos que darle antibióticos y antiinflamatorios dos veces al día y cada dos días tenemos que llevarle de vuelta al veterinario para controlarle los puntos, para mirar cómo suelda la cadera y para asegurar que las cacas salen (y salen bien). 

Al menos durante 4 semanas no quiero moverlo de casa. Es el tiempo mínimo que va a necesitar para soldar la cadera y no quiero que ande arriba y abajo alterándose. También me he puesto en contacto con Esperanza Felina para pedirles ayuda. Como me temía, están desbordadas de gatos, pero harán lo que puedan por Luky y por mí.

La verdad es que no se puede ser más majo. Hasta el veterinario estaba sorprendido de que fuera un gato callejero: se está dejando hacer las curas y no para de ronronear y de venir a frotarse con nosotros cada vez que subimos a verlo. Me da esperanza verlo tan confiado. Esto tiene que salir bien!

miércoles, 16 de abril de 2014

A un pelo de la tragedia

Hoy parecía que iba a ser un buen día. 

Mañana en el trabajito y después al caserío, a comer con la familia, a disfrutar del sol, a soñar con el principio de las vacaciones y con un puñado de días largos, suaves y tranquilos, de esos en los que no pasa nada, de esos en los que no tienes prisa, de esos que te reconcilian con la vida

Pero no. No está siendo un buen día en absoluto.

Todo ha empezado con unos maullidos desgarradores en la puerta de casa. Andábamos todos por allí, los niños jugando en la piscina, los mayores sentados al sol y de repente esos maullidos nos han revolucionado a todos. 

¿Os acordáis de él? Os lo presenté hace unos días, en el post "Eramos pocos".



Cuando me he acercado a él, lo primero que he pensado es que tenía las tripas fuera. Que le había atropellado un coche y el pobre se había arrastrado hasta casa, reventado, para morir. Una imagen como esa es la pesadilla de los amantes de los gatos. Tenía el pulso a mil cuando me he acercado a él. Me ardía la garganta. Sólo podía pensar que no iba a ser capaz de ayudarle y que me iba a tocar quedarme allí viéndole agonizar con las tripas al aire. Demasiado cobarde para ayudarle a morir, una inútil para ayudarle a vivir. 

Me ha costado darme cuenta que la masa rosa que veía no eran tripas, era un muslo descarnado, lleno de sangre, con la piel abierta. Le he acercado la mano sin saber muy bien qué hacer pero segura de que me la iba a arrancar de un zarpazo a sabiendas de que un animal herido no es amigo de nadie. 

Pero no. Ha acercado la cabeza a mi mano buscando consuelo y entonces ha pasado algo, no sé muy bien qué ha pasado, pero me he venido arriba. Sin quitarle la mano de encima al gato he empezado a dar órdenes a todo el mundo. Tú, trae el coche. Tú, tráeme una caja para meterlo dentro. Tú, acércame el teléfono para llamar al vete. En minutos ya estaba en el coche, con el gato dentro de una caja a mi lado y con el veterinario esperándome después de un trayecto de más de media hora.

Mi veterinario ya está curado de espanto conmigo. Cuando me ha visto entrar con la caja por la puerta me ha hecho pasar a toda velocidad dentro. 

- No sé qué edad tiene, ni qué le ha pasado, ni si es macho o hembra. No sé nada de él. Sólo que está herido. Mira a ver qué puedes hacer con él.
- ¿Es bueno?
- Es un cacho de pan.

Encima de la mesa del veterinario las cosas se ven más fáciles. Ya me ha pasado antes. Cuando llegas ahí, de repente alguien toma el mando de la situación y ya no tienes que fingir que sabes lo que haces. Ya no tienes que pensar cómo ayudar a un animal herido cuando no tienes ni idea de qué hacer. Cuando el bicho se tumba sobre la mesa del veterinario siempre siento una mezcla de ganas de llorar de agobio y de alivio y de nervios. Todo junto. Me tiemblan las piernas y las manos y tengo que controlarme para que no se me caigan las lágrimas como a una cría. Ya me conozco el percal, así que no me ha pillado de sorpresa.

Pero ha sido un alivio. Roberto, como siempre, ha estado a la altura. A la del gato y a la mía. Parece que no tiene nada roto. Parece que le ha golpeado un coche. Creo que podemos coser la piel sobre la herida una vez que la hayamos limpiado. ¿Sabías que los gatos tienen la piel muy flexible?

He negado con la cabeza, como una niña. No lo sabía. Ni maldita la falta que me hacía saberlo. Ver la carne del muslo al aire y el pellejo arrancado ha sido más que suficiente como lección del día. Le hemos anestesiado  mientras el pobre allí tumbado se dejaba hacer. Ni un bufido, ni un  amago de mordisco. Nada. Me olfateaba y se pegaba contra mi mano como si nos conociéramos de toda la vida. Ha entrado a operar sin decir ni medio miau.

La enfermera ha asomado la cabeza por la puerta:
- ¿Tiene nombre?
Me he quedado desconcertada. 
- ¿Nombre?...no...
- Pues tenemos que buscarle uno.
Mi media naranja le llama Lucky Luke. Porque siempre va con los tres cachorros de la gata tricolor, que parecen Los Dalton. No es que me parezca un nombre bonito ni feo, sinceramente nunca había pensado ponerle nombre. Los gatos del caserío son los gatos del caserío. Sin más.
- ¿Luky? Puede ser Luky...
- Pues Luky..

Y se ha ido

He vuelto a casa y me he sentado delante del ordenador. A esperar la llamada del veterinario. La semana pasada vimos a Luky paseando por el borde de la carretera, hoy le ha atropellado un coche. El imbécil que lo abandonó cerca del caserío no le enseñó a cruzar la calle. Me pregunto cuánto tiempo le durará la suerte si sigue viviendo en casa, tan cerca de la carretera. Me acuerdo de lo valiente que ha sido, de cómo frotaba su cabeza contra mi mano con esa pata destrozada que tenía que dolerle como un demonio, de cómo me miraba, lleno de confianza, y se me caen las lágrimas de rabia y de impotencia. Ese animal no se merece morir debajo de un coche. Se merece un sitio seguro donde pueda vivir tranquilo y donde le quieran como se merece. Me muero de ganas por ayudarle, pero no sé ni por dónde empezar...

miércoles, 9 de abril de 2014

Diálogo

- Tienes muchos pelos, ¿no pican?
- Tú estás un poco calvo ¿no te pelas de frío?
- A veces, pero Amatxu me pone gorros
- A mí me pone la calefacción...y a veces me quita los pelos
- Ven a mi silla conmigo
- Me gusta más la ventana, gracias
- Pero no puedo acercarme a ti, estoy atado
- Por algo será...
- ¿No te caigo bien?
- A distancia sí
- ¿No te gustan las caricias?
- No me gusta que me agarren del pellejo y me levanten
- Es que eres muy suave...
- Y tú muy bruto