lunes, 20 de julio de 2015

Cacher está harto

No. No tenemos un gato nuevo que se llama Cacher. En casa seguimos siendo los mismos de siempre, solo que ahora el Gato Sin Pelos ha empezado a hablar. Más o menos. A pesar de que le hemos enchufado tres idiomas desde que nació (castellano, inglés y euskera) ,él ha decidido que prefiere su propio idioma y está desarrollando un sistema de comunicación aparte que ninguno de los de casa somos capaces de entender.

- Ea apatúa oé

- Claro, cariño

- Oito guauguau

- Vale, cariño

Le seguimos la corriente y confiamos en que en algún momento acabe decantando al menos por uno de los tres idiomas conocidos y podamos comunicarnos con él como es debido. Pero mientras tanto nos vamos adaptando. 

Por ejemplo, hemos descubierto que Ikatz y Casper ya no son Ikatz y Casper. Que va. Ahora son Cach y Cach-er. Así como suena. De repente estamos todos por casa y se oye una voz aflautada:

- Hola Cacher (hola es una de las pocas palabras que podemos identificar como castellano)

Lo dice mirando al gato con una sonrisa y una dulzura, que si yo fuera gato y alguien me hablara así, me pondría de punta hasta los pelos del bigote. Lo dice alargando mucho la "o" de "hola" y la "a" de "cacher". Es escalofriante.

Ikatz y Casper lo miran desde su posición con suspicacia. No arañan. No bufan. No se mueven. No sé si es por precaución o por el puro pánico que les atenaza y no les deja reaccionar. Cuando estoy cerca, dejan que el Gato sin Pelos les acaricie con sus manitas pegajosas, que ponga su cara a medio palmo de su hocicos y repita la frase maldita con una sonrisa de oreja a oreja y voz melosa:

-Hooola Caaacher...

Me miran con cara de resignación, y en sus miradas de gato noto un reproche:

- Quién demonios te mandaría traer a casa a este cachorro...

Pero yo sé que le quieren. Le huyen. Le temen. Pero en el fondo, le quieren. Cuando está dormido y creen que no les veo, se meten en su cuna con él, se hacen una bola a sus pies y ronronean a su lado. Ellos sí que le entienden: el Gato Sin Pelos y ellos dos hablan, en el fondo, el mismo idioma.





miércoles, 1 de julio de 2015

RELATO: "Besos de Gato"

Cuando todavía  estaba viva me encantaban los gatos.

Así que era natural que volviera en la forma de uno de ellos. Una hermosa gata atigrada de enormes ojos dorados. Esperé escondida entre las sombras a que él saliera, como todas las noches, con una taza caliente entre las manos a sentarse en las escaleras. Tenía círculos oscuros bajo los ojos, parecía demacrado y le rodeaba un halo de tristeza infinita. 

Me miró como si no le sorprendiera verme. No me acarició. Sólo se quedó allí, mirándome, y musitó:

- Qué bonita. A ella le hubieras encantado

Entré directa hasta el salón y escuché cómo se cerraba la puerta detrás de él. Conocía perfectamente la casa. Los dos la habíamos comprado un par de años antes, era nuestra primera casa. La casa en la que íbamos a vivir, en la que íbamos a criar una familia, en la que yo escribiría mi primera novela. Pero nada de eso iba a suceder ya. 

Subió al piso de arriba y escuché los ruidos que hacía mientras se preparaba para meterse en la cama: los zapatos contra la madera del suelo, las puertas abriéndose y cerrándose, el agua corriendo en el baño mientras se lavaba los dientes. A mi alrededor, en la penumbra del salón, podía distinguir los objetos que habíamos ido acumulando durante nuestra vida juntos. Desde la pared me miraba la máscara dorada y blanca comprada en Venecia el verano anterior, sobre la chimenea descansaban las lanzas con plumas de colores de Cuzco. El marco de madera con símbolos celtas que habíamos comprado en una tiendita de un pueblo marinero gallego tapaba la mancha de humedad sobre el sofá. El marco electrónico sobre la mesita estaba congelado en una foto de los dos juntos, rodeados de nieve, con los gorros calados hasta las orejas, las mejillas rojas de frío y dos sonrisas eternas que ya no volverían a juntarse más.

Esperé mucho tiempo hasta que dejé de oír ruidos en el piso de arriba. Después subí. En el quicio de la puerta distinguí su cuerpo agitándose entre las sábanas, y recordé que cuando estábamos juntos, él no podía dormirse si yo no le abrazaba. Incluso cuando estábamos enfadados, al irnos a la cama yo le abrazaba. Y sólo entonces él se dormía. 

Subí de un salto a la cama y me acerqué sigilosamente a su lado. Su sueño era inquieto. Gemía y susurraba. Su cabeza se giraba de un lado a otro como tratando de escapar de algo. Le brillaba la piel. En la oscuridad se recortaban sus labios cálidos, suaves y duros. La necesidad de besar esos labios me  arrolló con una furia que me dejó sin aliento y olvidé que no era nunca más una mujer.

Me acerqué a su cuerpo desnudo y aspiré su aroma en el hueco del cuello. Con la punta de los dedos fui delineando su hombro, el brazo, la piel tierna detrás del codo, la mano de dedos grandes que tantas veces había sujetado mi propia mano. Su vientre bajaba y subía al ritmo de la respiración agitada y una línea de pelitos negros se perdía en el blanco níveo de la sábana que rodeaba su cintura. Deslicé mis labios siguiendo el camino, tan amado, con miedo de despertarle, pero con una urgencia que era mucho más poderosa que yo. 
Alcé los ojos hacia su cara y sentí que poco a poco su respiración se calmaba, que su vientre subía y bajaba de forma regular. Vi las arrugas de su frente desaparecer y supe que todavía  conservaba  el poder de calmarlo, de llevar sus sueños a un mar tranquilo, el poder de protegerlo de sus pesadillas.  

Toqué con mi boca sus pestañas, me bebí su aliento y, finalmente, me atreví a poner los labios sobre los suyos en un beso liviano. Un beso de gato. Después me tumbé pegada a su costado, como había hecho durante tantos años y me quedé el resto de la noche velando su sueño.

La mañana nos sorprendió en la misma postura. Al abrir los ojos me encontré con los suyos, de un verde brillante, que me miraban desde un poco más arriba.

- ¿Has dormido aquí? –preguntó en un susurro

Levanté la cabeza y le respondí con un maullido corto y ronco. 

- ¿Sabes? –continuó en el mismo tono- es la primera noche que duermo desde que ella no está. 

Me acarició la cabeza suavemente, con la mirada triste y una media sonrisa en la boca. Sin verme. Me froté contra su mano, le di un mordisquito entre los dedos, me estiré desde los bigotes hasta la cola y salté de la cama. Empezaba un nuevo día y una nueva vida para nosotros dos.