lunes, 19 de octubre de 2015

RELATO: gatofobia

Odio a los gatos. 

Toda la vida los he odiado. Me parecen unos bichos aviesos, traidores, repulsivos. No soporto su contacto ni su presencia. No me gusta cómo se deslizan, casi sin hacer ruido, ni esa manera de mirarte fijamente como inquisidores. Mi madre decía que nadie con un pecado en el alma puede amar a los gatos. De hecho, ahora que lo pienso, tal vez mi madre sea parte de la razón de mi odio. La recuerdo, cuando éramos pequeños, con el atizador en la mano corriendo detrás de los gatos que entraban en casa para tratar de robar cualquier pedazo de comida que estuviera a su alcance. Recuerdo también la cara de asco que puso cuando conoció a mi novia y supo que Ella vivía con un gato en un pequeño apartamento de las afueras. Desde entonces en adelante no perdió ocasión de demostrarnos su horror cada vez que salía el tema del gato: 

- Qué asco, lleno de pelos por todos los sitios. No sé cómo podéis vivir así 
- Qué asco, con las patas sucias andando sobre la mesa. No sé cómo podéis vivir así 
- Qué asco, durmiendo en vuestra cama todo el día. No sé cómo podéis vivir así 
- Qué asco. ¿Por qué no lo lleváis a una perrera? 
- ¿Por qué no te llevamos a ti a una residencia? 

Esa fue la última vez que mi madre preguntó cómo podemos vivir así. Cerró la boca de golpe y no ha vuelto a abrirla hasta hoy. Fue mano de santo. Pero la realidad es que los gatos me siguen sin gustar. Los soporto porque Ella los ama y ellos van en el lote. Es lo que hay. 

Hoy he amanecido con una lumbalgia horrible. El médico que ha venido a casa me ha metido un anestésico para elefantes y me ha dicho que no me mueva de la cama en todo el día. No hace falta que me lo diga: en realidad no puedo mover un dedo sin sentir un dolor espantoso. He tenido las fuerzas justas para arrastrarme hasta el sofá, envolverme en la manta eléctrica y pedirle a Ella que me dejara un kit de supervivencia encima de la mesa, al alcance de la mano: una botella de agua, chocolate, el mando de la playstation, el móvil, un paquete de antiinflamatorios y un besito en la punta de la nariz que ha acompañado con una sonrisa apresurada:

 - Con esto creo que sobrevivirás. Llámame si necesitas algo. Te quiero. Adiós. 

El adiós me lo ha dicho ya desde la puerta. La muy ingrata. Me muero aquí y no se entera nadie. Menos mal que ya estaba medio drogado y me he quedado dormido casi al momento de verla salir. 

Me despierto sudando como un pollo y con la boca seca. Con una presión y un calor en el pecho que no puedo describir y que apenas me deja respirar. Lo sabía: estoy malísimo y voy a morirme aquí solo, como un perro. Pero no va de perros. Va de gatos. Bajo la cabeza y ahí está, estirado sobre mí como una comadreja, con la cola entre mis piernas y el hocico a la altura de la tráquea, a pocos centímetros de mi cara. Tiene los ojos cerrados y sonríe como una hiena. Estoy tan sorprendido que se me olvida respirar, y al volver a tomar aire, me pega un pinchazo en la espalda que me hace ver las estrellas. He debido hacer algún ruido porque el bicho ha abierto un ojo y me mira con cara de gánster. Joder. Seguro que ahora da un salto y me arranca la yugular de un mordisco, o me saca un ojo con esa zarpa llena de uñas, o se tumba sobre mi cara y me termina de ahogar. Estoy perdido. 

Pero no hace nada de eso. Sólo abre la boca en un bostezo enorme y me deja ver todos sus dientes pequeños y afilados a la vez que me atiza en plena cara con un aliento pestilente a croquetas de pescado. Qué asco. Serán las más caras del mercado pero huelen a muerto. Yo por si acaso, no me muevo. A ver si le pongo mala cara y se ofende. 

Me pone una pata bajo la barbilla. Con los ojos entrecerrados, alza el hocico y se estira encima de mí, sin prisas. Noto las diez uñas de atrás clavándose en mi tripa y desclavándose de nuevo. Seguro que sabe que no puedo moverme. Seguro que sabe que tiene todo el tiempo para liquidarme. Lo veo en su mueca de sádico satisfecho mientras se pone de pie sobre mí. 

Acerca el morro a mi kit de supervivencia y empieza a olerlo todo mientras yo continúo inmóvil y le observo por el rabillo del ojo. Venga, salta, vete ya puto gato asqueroso, quítate de encima. Entonces veo que se para en el chocolate y recuerdo que Ella me ha dicho alguna vez que el chocolate es veneno para los gatos, que puede morirse apenas comiendo unas onzas. Ay, no, no, no, quita, fus, fus, fus, aparta. A ver cómo le explico yo a tu dueña que has estirado la pata el único día que te deja a solas conmigo, pedazo de carne inútil, fus, fus, fus. 

Levanto la mano como puedo y trato de apartarlo del chocolate sin tocarlo demasiado. Me muero de dolor pero lo consigo: el bicho se gira y vuelve a centrar su atención en mí. Me mira con dos enormes ojos verdes en los que apenas se entrevé una línea negra y acerca el hocico a mi nariz. Eso sí que no. Qué asco. Aprovecho que tengo la mano medio alzada y me atrevo a tocarle el morro. Me doy cuenta de que es la primera vez en mi vida que le toco la nariz a un gato. Está húmeda y fría, parece de goma. Deslizo el dedo sobre sus labios, delineo un bigote y, de repente, se gira y se tumba buscando el máximo contacto de mi mano contra su cara. 

Le he visto hacer ese mismo gesto con Ella un millón de veces. Quiere mimos. Se me escapa una sonrisa estúpida que, afortunadamente nadie puede ver y le acaricio detrás de las orejas y en el cuello mientras él se revuelca sobre mí en el colmo del éxtasis. No me puedo creer lo que estoy haciendo. Y encima me gusta. Estoy disfrutando tanto como él. Cuando termina de retorcerse de placer, sube unos centímetros, se tumba de golpe y mete el morro en el hueco de mi cuello. Está claro que me ha perdido todo el respeto. Ronronea contra mi oreja como si fuera una motosierra de cuatro tiempos. Y yo con esta sonrisa de imbécil. Me giro contra él y le digo bajito: 

- Va. Te dejo. Pero de tío a tío. Entre tú y yo. ¿Eh? Como le cuentes esto a alguien, eres bicho muerto…