miércoles, 20 de enero de 2016

Sua se ha ido

Sabemos exactamente lo que hay que hacer cuando tenemos un bicho enfermo. Sabemos que tenemos que ayudarle en todo lo que podamos y que en algún momento hay que saber decirle adiós. Saber, lo sabemos. Pero la verdad es que cuando toca, una no sabe dónde meterse ni qué hacer para escapar del momento.

Sua llegó a casa muy viejita y hecha un cristo. Nada más encontrarla tuvimos que operarla para salvarle la vida y a pesar de todo, casi se nos muere. Siempre supimos que el tiempo que teníamos con ella era tiempo regalado, pero pasaban los días y los meses y seguía aquí, y empezamos a dejar los miedos en una esquina.

El caso es que las visitas al veterinario empezaron a hacerse más frecuentes y las caras de preocupación, cada vez más habituales. ¿Os habéis fijado lo diferente que es llevar un animal para una revisión rutinaria a llevar un animal que sabes que no está bien pero no sabes lo que tiene? En el primer caso el veterinario lo mima, hace comentarios bonitos, hasta es simpático con él y contigo. Sabes que estás en el segundo caso cuando lo pillas mirándote con esa mirada de pena, de no querer estar en tu lugar, la mirada del que sabe que te va a tocar pasar un mal trago. 

Después de tres semanas ingresada, las llamadas del veterinario eran cada vez más negras: "no come", "tiene el páncreas inflamado", "tiene convulsiones", "parece algo neurológico", " la perra no es viable". 

La perra no es viable. La verdad es que no es una mala frase para decirte que tu perra se muere y que toca enfrentarte al hecho de que tienes que decidir qué hacer con ella. En realidad me he dado cuenta de que estos momentos están llenos de eufemismos. La perra no es viable. Tenemos que dormirla. Porque simplemente te resulta insoportable pronunciar las palabras "sacrificarla" o "matarla", así que te inventas alternativas que sean más fáciles de pronunciar, que no se atasquen en la boca y la llenen de un sabor amargo.

Pensaba que iba a ser capaz de hacer las cosas con serenidad y con madurez pero no lo fui. Cuando la vi arrastrarse desde la jaulita del veterinario hasta nosotros y tratar de andar y ponerse en pie sin conseguirlo, me vine abajo. Lloré. Mientras la acariciaba. Cuando nos fuimos. Al día siguiente. Cuando volví para pagar la cuenta. Ahora, mientras lo escribo. Lloré todo el tiempo porque, aunque sabía que era viejita, aunque sabía que habíamos hecho todo lo que teníamos que hacer, la verdad es que no estaba preparada para dejarla que se fuera. No creo que lo esté nunca.

Os lo quería contar. Que la abuelita se ha ido. Que nos ha dado cuatro años estupendos. Que fue una suerte encontrarla aquel día en la carretera y que me alegro de cada minuto que hemos pasado juntas, de todos los paseos por el monte, de todas las veces que me vomitó en el coche como venganza por llevarla al vete, de las sesiones de peluquería cortando rastas y de todo lo demás. 

Si existe un cielo para perros, no tengo duda de que ella estará en la mejor suite. Gracias, mi niña, por todo lo que nos has dado.