martes, 14 de marzo de 2017

Palabras para una Señora (relato)

¡Y una mierda se la va a llevar nadie!

Y una mierda le vas a buscar el chip de los cojones. Y una mierda vas a llamar a su dueño. Como me pongas delante al cabrón que le ha hecho esto, te juro que le arranco las pelotas y esta noche salimos todos en el telediario. 

Así me conociste: con los ojos hinchados de rabia, con las manos manchadas de sangre, con la boca llena de odio. Tú no necesitas un veterinario, tú necesitas un psiquiatra. Lo pensaste. El veterinario también lo pensó. Y toda la gente de la sala de espera. 

Cuando estoy asustada me convierto en un demonio. ¿Recuerdas aquella vez que nos dimos de bruces con un pitbull y su dueño?. La bestia suelta fue a por ti. Yo me agarré a su collar con las dos manos y tiré de él mientras le gritaba en la cara a aquel idiota imberbe que controlara a su asqueroso cancerbero. De nuevo un psiquiatra hubiera tenido mucho que decir sobre mí. Pero tú no dijiste nada. Siempre has sido muy templada, muy señora. 

Sólo una vez vi tu cara oculta. Era de noche y las luces rojas y azules brillaban sobre nosotras y sobre los guardias civiles que nos habían parado en un control. Los dos, metralleta en mano, te miraban atónitos. Tú, desde dentro de coche, ladrabas y te lanzabas contra la puerta, la piel de los labios crispada, los colmillos al aire, los ojos enloquecidos, la baba dibujando el cristal. Qué le pasa a esa perra. Y entonces supe que tú, como yo, también te enfrentabas al miedo poniendo cara de demonio. 

Te gustaba pasear por el monte. Levantabas al viento el hocico canoso lleno de cicatrices y olisqueabas con los ojos cerrados. De vez en cuando me tocabas la pierna sólo para recordarme que seguías allí. Que tuviera cuidado con las simas traicioneras de Gorbea y que, definitivamente, aquel no era el camino a Supelegor. Cuando te hartabas de dar vueltas en vano, te adelantabas renqueando con esa cojera que nunca perdiste, y me llevabas directamente a la entrada. Luego te quedabas fuera, dando vueltas, inquieta, mientras yo me envolvía en la oscuridad, y gemías muy bajito para meterme prisa. Vamos, sal ya. Nunca te gustó esa cueva. 

Tampoco te gustaban los clásicos. Te tumbabas a mis pies, con la cabeza entre las patas, las orejas alerta, y entrecerrabas los ojos mientras me oías leer en voz alta para mejorar mi inglés. Cuando tocaba Joyce, se oían tus ronquidos por toda la casa. Sin embargo, la trilogía de Verdon te encantó. Alzabas la cabeza y me mirabas fijamente. El asesino es el psiquiatra. Por lo visto no tenías en buen concepto a los psiquiatras. Ni a los hombres en general. Eras una mujer con un pasado oscuro.

Después de tantos años, acabamos donde empezamos. Ahora también quiero ser un demonio, gritar: ¡y una mierda se la va a llevar nadie!, pero no servirá de nada. Te has arrastrado penosamente por el suelo y has caído a mis pies con un suspiro derrotado. Han querido cogerte en brazos y no les he dejado. Se te ha acabado el tiempo, pero conservas intacta toda la dignidad. Acaricio una de tus orejas entre el pulgar y el índice. No va a sufrir. Con la punta de los dedos paso por encima de las marcas que años de estar atada te dejaron en la piel del cuello. Nosotros nos ocupamos de todo. Bajo la palma de la mano siento tu pelo suave, un poco rizado, que huele a ti. No te preocupes de nada, no le va a doler.

Te vas como viviste. En un silencio respetuoso. Con la serenidad del guerrero que ha ganado la batalla a la crueldad. Con la confianza de la mujer que ha sido infinitamente amada. Con la promesa de no ser olvidada nunca. 

Buen viaje, Señora, y muchas gracias por todo.